Fascinación por la vida

Divagaciones mentales de Alberto Gimeno

Durmiendo en la estación de Hamburgo

Como veis, me ocurren muchas cosas relacionadas con estaciones, aeropuertos y dormir. Bien, antes de contaros esta anécdota la voy a contextualizar. Estaba con mis amigos en el verano de 2002 (con 18 años recién cumplidos). Habíamos hecho muchos esfuerzos para llegar a Dinamarca. Estuvimos dos días en un precioso pueblo cerca de la frontera con Alemania: Ribe. Nuestro objetivo era llegar a Copenhague. Madrugamos y cogimos un tren temprano a la capital danesa. Al llegar a la estación nuestro primer objetivo era conseguir un lugar donde dormir. Ahora que tengo más experiencia en viajar no puedo evitar sonreir al recordar esto: es una misión imposible encontrar una habitación en Copenhague si no has reservado. Al menos una habitación barata. Pues bien, tras varias horas de intentos fallidos llamando a diferentes albergues sin habernos movido de la estación decidimos que teníamos que salir de esa ciudad ese mismo día. El problema era que no había apenas trenes nocturnos. El tren que más tarde salía era en dos horas y ¡todavía no habíamos salido de la estación! ¡Copenhague nos esperaba! Como las consignas de la estación estaban repletas hicimos literalmente de “mochileros”. Cogimos las mochilas y ¡nos fuimos a patear la ciudad!

Tras ver lo poco que pudimos de Copenhague cogimos un tren con destino Hamburgo. Decidimos que pasaríamos la noche en Hamburgo. El viaje fue muy interesante. Delante nuestro había una pareja de españoles que habían viajado a Suecia y Noruega y llevaban un salmón enorme en la mochila. Tenían mucha prisa en llegar a España; les habían dicho que el salmón como mucho les aguantaría tres días tal y como estaba envuelto. A nuestra derecha había también un sevillano que se había cogido un billete de inter-rail para todas las zonas y viajaba solo. Nos contó muchas historias… que había estado de erasmus en Islandia o Finlandia, no recuerdo bien, y que allí en invierno en la calle había carteles que decían “si permanece más de cinco minutos en la calle puede sufrir síntomas de congelación”. La pareja de españoles nos contó que habían dormido en un refugio en la montaña gratis, porque el dueño estaba encantado y muy impresionado de que lo hubieran encontrado. También nos contaron que habían visto la aurora boreal. Recuerdo que a mitad de viaje el tren se metió en un barco, el barco zarpó y pudimos subir a cubierta. Recorrimos la corta distancia que separa la isla de Copenhague del continente rodeados de gaviotas.

Bueno, después de esta larguísima introducción voy a lo más interesante. Llegamos a Hamburgo finalmente. Todavía no era muy tarde y los comercios de la estación aún estaban abiertos. Aproveché un McDonalds abierto para hacer provisiones (luego os cuento de qué). Los comercios no tardaron en cerrar. Por fin la estación se quedó prácticamente vacía. Ya habíamos encontrado un buen sitio donde desplegar las esterillas y los sacos de dormir. Nos acomodamos y finalmente nos dormimos. Pero… ¡¡esto no es una buena anécdota!! Claro, porque no he terminado. A medianoche unos guardias nos despertaron y nos invitaron a abandonar nuestro placido sueño. El único lugar donde nos dejaban dormir eran los sitios habilitados para tal efecto: las salas de espera. Ahora no recuerdo si es que no encontramos otra o es que nos pareció la más acogedora, pero elegimos una sala de espera en medio de las vías del tren.

Yo no tengo mucho problema para dormir, pero es muy diferente dormir tumbado que sentado. Sentado no tienes dónde apoyar la cabeza, así que hice gala de mi elocuencia y cogí un gorro de bufón que había comprado en Dinamarca y lo rellené de las servilletas que había cogido prestadas del McDonalds. Voilá, ya tenía almohada. Coloqué mis cosas, me coloqué a mí mismo, cerré los ojos y… a dormir.

Durante la noche empecé a tener un sueño (ya os contaré más cosas de mis sueños). En el sueño estábamos todos debatiendo sobre comprar una tableta de chocolate. Yo quería comprar la tableta más grande, pero no la más grande de una tienda concreta, yo quería comprar la tableta de chocolate más grande que existiera. Ya me la estaba imaginando. Mmmmm… vaya tableta de chocolate. Convencí a mis amigos de que debíamos comprar esa tableta gigante. Una amiga mía se convenció tanto que salió corriendo a por ella. Estaba entusiasmada como yo por la idea. Y salió galopando de la sala de espera. Sí, ¡allí estaba corriendo por la estación de Hamburgo en pijama y calcetines en busca de una tableta de chocolate gigante! Sí, aquí es donde el sueño y la realidad se hacen uno. Efectivamente mi amiga había salido dando brincos de la sala de espera, pero no porque fuese en busca de una tableta de chocolate, sino porque tiene la costumbre de levantarse a mitad de noche para ir al baño. Sólo tardé unos segundos en comprender que ahora estaba despierto, que ya no estaba en un sueño. Comprendí que mi amiga no ansiaba una tableta de chocolate, o al menos que no estaba corriendo por eso. Comprendí que estaba en una estación de tren en Hamburgo durmiendo en una sala de espera. Pero… la sala de espera no era tal como la recordaba. Cuando me dormí sólo estábamos mis amigos y yo. Ahora estábamos acompañados. Estábamos acompañados por unos mendigos. Sí, estaba durmiendo con mendigos. Uno de ellos había pensado que era buena idea usar mi mochila como almohada; pobrecillo, él no conocía el truco de las servilletas del McDonalds😉.

No le dí mucha importancia al hecho de estar durmiendo con mendigos. Simplemente pensé, ¡eh! sigue durmiendo. Así que seguí durmiendo. Seguí durmiendo hasta casi la hora en la que el despertador iba a sonar. Para ser más preciso me levante apenas dos o tres minutos antes de que sonara el despertador. ¡Uh! recordé que el despertador estaba en la mochila, y que la mochila estaba bajo la cabeza de un mendigo… El mendigo parecía inofensivo, olía a alcohol que echaba para tras, pero estaba durmiendo, y mientras siguiese durmiendo era inofensivo. Pero, claro, si sonaba el despertador del teléfono móvil la situación cambiaba. No me apetecía nada interrumpir el sueño de ese pobre hombre. No quería comprobar si despierto seguía siendo tan inofensivo. Además, por qué iba a interrumpir su sueño. Así que balanceé muuuuuuy suavemente su cabeza. Lo justo para poder abrir la cremallera, sacar el móvil y apagar el despertador. Eso me daría más tiempo. Ya no había peligro, pero su cabeza seguía sobre parte de mi mochila. Solamente tuve que repetir la operación para que su cabeza pasase de apoyarse en mi mochila a apoyarse únicamente en su atillo. Supongo que el hecho de que probablemente estuviera ebrio me ayudó bastante.

Fui despertando a mis amigos, recogimos sigilosamente y nos fuimos. Y esa es la historia sobre una noche durmiendo en la estación central de tren en Hamburgo. Espero que os haya entretenido😉

Written by gimenete

Viernes, noviembre 3, 2006 a 10:13 pm

Publicado en anécdotas

2 comentarios

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  1. Si el salmón era de tres metros, la mochila tenia que ser muy muy muy grande, ¿no?. xDDD

    Cada dia me divierto mas leyendo tu blog….¡sigue asi!.
    Y buena suerte en el SIMO.

    Manu!

    Manu

    Viernes, noviembre 3, 2006 at 10:27 pm

  2. Efectivamente, debería ser una mochila muy grande, a no ser que el salmón estuviese cortado en cómodos trozos de un palmo😛

    De todas formas, el dato de que el salmón tuviese tres metros ha sido eliminado por discrepancias con otro compañero del viaje😀. Y como no es un dato relevante y no puede ser demostrado… pues nada, el salmón era grande y punto😛

    gimenete

    Viernes, noviembre 3, 2006 at 10:32 pm


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